Reseña: “Celacanto” de Jimina Sabadú

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Inauguramos la etiqueta “otras lecturas” con la reseña de “Celacanto” de Jimina Sabadú, novela ganadora del XVI Premio Lengua de Trapo de Novela. Seamos claros: no es una lectura fácil. Al menos no lo es si sois de mollera dura, como yo. Si vuestro cociente intelectual es tan bajo como el mío, que decís “cociente” en vez de “coeficiente”, os va a costar. Este libro es para leerlo con reposo, a sorbitos pequeños, para ir leyendo, asimilando y comprendiento. Y para deleitarse cuando llegan los buenos momentos, que los hay y son muy grandes.

Esto no es un page-turner como ciertas novelas Young Adult; aquí hay Youngs y también Adults, sí, pero es una historia más ruda, más peliaguda, con menos universe-building y más chicha (parece una contradicción pero no lo es). Y creo yo que con más talento, una buena frase de esta novela vale por capítulos enteros de otras. “Celacanto”, vamos a ver si he entendido bien algo de esto, cuenta la historia de (in)comprensión de varios niños entre sí, hacia los adultos y consigo mismos; podríamos decir que es una “coming of age story” de esas, pero con un realismo, una crueldad, una honestidad y, en ocasiones, una belleza inusuales. La novela tiene una estructura rocambolesca (desordenada se le queda corto) porque mezcla el pasado con el presente, los pensamientos de los personajes con sus diálogos, las descripciones pueden ser preciosos recuentos… de cosas que no pasan en realidad; y el estilo es tan disfrutable como odioso, lleno de poesía y parones, frases cortas mezcladas con párrafos sin comas, etc. No os voy a mentir: yo he ido avanzando a trompicones. A veces cogía velocidad de crucero y me maravillaba y me reía; y otras veces tenía que volver a empezar a leer la página que ya había terminado porque no me había enterado absolutamente de nada.

La historia transcurre en un campamento de verano similar a alguno de la infancia de la autora y muchos de sus pasajes nos pueden recordar a vivencias de nuestras propias infancias (tan duras y patéticas como pueden ser si las despojamos del favor nostálgico). Velocidad de lectura y goce individual de cada uno aparte, lo que está claro es que la autora puede escribir, I mean, SHE CAN WRITE. Os dejo una crítica que ha entendido el libro mucho más (y mejor) que yo y unas cuantas perlas del mismo antes de darle la puntuación debida con las manos de Crepúsculo:

El sonido de la bañera y de las cañerías lo envuelven. Se queda muy quieto, escuchando esa implotación metálica en suspenso. El calor del agua lo abraza y el dulce sabor de la humedad le arruga las yemas de los dedos. En algún momento, el resquicio del frío entra por la puerta de su subconsciente. Quizá es hora de respirar. ¿No era eso un ruido?

Voy a matar a Santiago le voy a dar tantos puñetazos que va a vomitar sangre Santiago es un asqueroso, un asqueroso rastrero y un cerdo y voy a acabar con él está arruinando mi vida si no estuviera en clase nadie se metería conmigo. Cuando no viene todo está tranquilo odio que la señorita Carmen me trate como si estuviera loco yo no estoy loco los voy a matar a todos les voy a dar tantos puñetazos que van a vomitar sangre les voy a golpear la cabeza contra el bordillo hasta que…

Luis se adelanta para coger a Jorge. La mano de su padre es siempre así de áspera. Las palabras de ánimo, cuando las pronuncia él, son porosas y permeables.

Ellos tres, en el adosado borde de la carretera, saben lo que es la soledad. Pero son discretos al respecto.

Violeta no se encuentra a sí misma en el espejo. Ve unos ojos rasgados, una boca pequeña. Se encuentra de bruces con el pelo ceniciento y corto, casi puntiagudo. Abre el grifo y moja el peine; le echa agua. Lo domará. Lo domará por más que le cueste. Pero es tan trabajoso… ¿Cuánto va a tardar en volver a su ser? (…) Porque Sandra, a sus once años, ni está aquí ni está allí. No tiene rasgos de nada, pero son cautivadores como las ondas sobre el agua.

Son niños y desde arriba son un patrón de caos, como un hormiguero para un observador inexperto.

Estas que vienen puede que sean mis líneas favoritas de todo el libro:

Le sostiene la mirada mientras le entrega el plato de papel. La tarta de chocolate tapa el dibujo de un pato con gorro de papel y pajarita. Un pato cuyas alas sujetan una trompeta a juego con el gorro. Un pato que triunfa en la vida.

Günnel miraba sarcástica y repetía una frase que empezaba abajo, subía, punteaba dos veces en el suelo, tocaba el techo y terminaba a la altura del estómago con su voz de campanas graves. Al final llegaba Lasse y ella le decía algo en un tono muy diferente mientras su madre se cruzaba de brazos. Era como oír un concierto rápido de oboes.

Lasse buscaba lugares habitados en ese planeta yermo que eran los ojos de Günnel.

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